de Manuel Castro Rodriguez
La excepcionalidad hizo su aparición en la historia de Cuba desde su formación como Nación. Soy enemigo del chovinismo –o sea, el patriotismo fanático, la exaltación desmesurada de lo nacional frente a lo extranjero-, pero tengo que reconocer que no hay un campo de la actividad humana donde no nos encontremos con al menos, un cubano que haya descollado. Cuba ha producido cientos de personalidades excelentes; entre ellas, Félix Varela Morales (1788-1853), filósofo y sacerdote nacido en La Habana, que fue profesor de nuestra primera universidad. Varela se opuso al escolasticismo imperante en el ambiente filosófico de su tiempo.
La influencia del Padre Varela en el pensamiento cubano de su época es inmensa. El padre de la identidad cubana influyó en la formación de una generación muy importante de cubanos, desde su Cátedra en el Seminario de San Carlos, a la que aclaró conceptos fundamentales como el de patria, y los derechos individuales y colectivos:
“Vemos llegar el momento en que las cosas deben variarse y que lo más prudente sería preparar al pueblo para un cambio político inevitable; pero decir esto es un crimen”.
Fue “el primero que nos enseñó a pensar”, dijo uno de los mejores discípulos del Padre Varela, el también ilustre cubano José de la Luz y Caballero (1800-1862).
A principios del siglo XIX los movimientos de independencia nacional triunfaban por toda América Latina, excepto en Cuba, que fue el último país en obtenerla, prácticamente un siglo después de Haití.
El 29 de enero de 1895 se dio desde Nueva York la orden del alzamiento en Cuba. Estaba firmada por Martí -delegado del Partido Revolucionario Cubano-, el general Mayía Rodríguez - representante de Máximo Gómez, general en jefe del nuevo ejército libertador- y el comandante Enrique Collazo -enviado de la junta Revolucionaria de La Habana-.
La orden especificaba que el alzamiento se haría “con la mayor simultaneidad posible”, “durante la segunda quincena y no antes, del mes de febrero”.
El documento fue dirigido a Juan Gualberto Gómez, principal hombre de confianza, corresponsal e intermediario de Martí en Cuba. Los de Oriente de antemano habían ofrecido acatar la fecha que se les señalara. En seguida que llegó la orden a La Habana, se reunieron los jefes que habrían de encabezar los alzamientos de occidente y acordaron que los mismos se efectuarían el 24 de febrero.
Un día después de firmar la orden de levantamiento en Nueva York, el 30 de enero de 1895 Martí embarcó hacia la isla de Santo Domingo, donde se hallaba el general Máximo Gómez. Juntos el jefe civil y el jefe militar de la revolución tomaron los acuerdos de última hora, juntos firmaron el célebre Manifiesto de Montecristi, en el cual Martí expuso al mundo los propósitos de la guerra de Cuba, juntos se enteraron de los alzamientos del 24 de febrero y juntos recibieron a personas que de Cuba fueron a informarles de los primeros sucesos de la guerra.
Martí escribió entonces: “Yo evoqué la guerra: mi responsabilidad comienza con ella, en vez de acabar… Ahora hay que dar respeto y sentido humano y amable al sacrificio”. Y se dispuso a embarcar con el general Gómez hacia Cuba. El general Gómez quería que Martí se quedara en el extranjero, dirigiendo la propaganda y el aprovisionamiento de la insurrección, pero Martí no se dejó convencer: “de que un pueblo se deja servir, sin cierto desdén y despego, de quien predicó la necesidad de morir y no empezó por poner en riesgo su vida”.
Desde Montecristi, pueblo del noroeste de Santo Domingo, donde vivía el general Máximo Gómez, lanzó Martí un manifiesto: ‘El Partido Revolucionario Cubano, a Cuba’, el 25 de marzo de 1895. El documento es extenso y contiene la doctrina de la nueva revolución.
Empieza el Manifiesto de Montecristi declarando que “La revolución de independencia iniciada en Yara después de preparación gloriosa y cruenta, ha entrado en Cuba en un nuevo período de guerra” y en seguida afirma que esta guerra “no es el insano triunfo de un partido sobre otro”, ni “tentativa caprichosa”, sino “la demostración solemne de la voluntad de un país harto probado en la guerra anterior” y “el producto disciplinado de la reunión de hombres enteros que en el reposo de la experiencia se han decidido a encarar otra vez los peligros que conocen, y de la congregación cordial de los cubanos de más diverso origen, convencidos de que en la conquista de la libertad se adquieren mejor que en el abyecto abatimiento, las virtudes necesarias para mantenerla”.
Después de formular la tesis de la superación del pueblo cubano por el sacrificio, mejor que por la evolución pacífica dentro del régimen colonial español, como sostenían los autonomistas; el manifiesto asegura que la guerra iniciada no es una cruzada de odio contra los españoles ni contra los cubanos “tímidos o equivocados” y sólo será inflexible “con el vicio, el crimen y la inhumanidad”.
Sustenta el Manifiesto la capacidad cubana “para salvar la patria desde su raíz de los desacomodos y tanteos, necesarios al principio del siglo, sin comunicaciones y sin preparación, en las repúblicas feudales y teóricas de Hispanoamérica”; y destaca con vivas expresiones el contraste entre la civilidad del pueblo insular, formado en “el crucero del mundo” y la incultura de “las masas llaneras o indias con que, a la voz de los héroes primados de la emancipación, se mudaron de hatos en naciones las silenciosas colonias de América.
Se alza luego contra “el temor insensato, y jamás justificado a la raza negra”, con el cual siempre se quiso levantar “por los beneficiarios del régimen de España, el miedo a la revolución”; promete respeto a la libertad y la propiedad de los españoles “de trabajo y honor”; y acaba afirmando que la guerra de independencia de Cuba “es suceso de gran alcance humano”. “Honra y conmueve pensar -afirma Martí con admirable previsión de estadista- que cuando cae en tierra de Cuba un guerrero de la independencia, abandonado tal vez por los pueblos incautos o indiferentes a quienes se inmola, cae por el bien mayor del hombre, la confirmación de la república moral en América, y la creación de un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo”.
Finalmente el manifiesto contiene una invocación “a los magnánimos fundadores, cuya labor renueva el país agradecido” y la ratificación enfática de la identidad de la obra de dos generaciones y de “la unidad y solidez de la revolución cubana”, como prueba de lo cual firman el documento “el delegado del Partido Revolucionario Cubano, creado para ordenar y auxiliar la guerra” y “el general en jefe electo en él por todos los miembros activos del ejército libertador”.
Hasta el primero de abril no pudieron salir Martí y Gómez de territorio dominicano. En la noche del 11 de abril un barco frutero los dejó en un bote, frente a los acantilados de la costa meridional de Baracoa, en Oriente.Afrontando tremendo peligro alcanzaron la Playita de Cajobabo, en compañía de dos dominicanos y dos veteranos de la Guerra de los Diez Años.
A los tres días de marcha por las sierras de la región, encontraron el primer campamento de insurrectos; y el día 25, tras durísimas jornadas por riscos y despeñaderos, se incorporaron a las fuerzas del general José Maceo -quien acababa de librar su primer combate victorioso sobre el mismo lugar del encuentro-, en Arroyo Hondo, jurisdicción de Guantánamo.
El 5 de mayo de 1895 celebraron en Cuba su primera entrevista los tres grandes jefes de la Revolución: Martí, Gómez y Maceo. Fue en el ingenio La Mejorana, cerca del pueblo de Dos Caminos, San Luis, Oriente.
La entrevista, efectuada sin acuerdo previo sobre el programa de asuntos a tratar y en el breve tiempo que dejaron libre a los participantes el regocijo de los allí congregados al verlos juntos, y la preparación y disfrute de un almuerzo, no fue fructuosa de inmediato. Martí abordó en ella la necesidad que estimaba inminente de reunir en asamblea a la representación del pueblo en armas y dar forma republicana a la revolución. Maceo insinuó por su parte su temor al predominio de organismos civiles durante la guerra y su simpatía por un gobierno formado por “una junta de generales con mando, por sus representantes, y una secretaría general”.
Convenida en principio la reunión de delegados de todas las fuerzas insurrectas, Martí y Máximo Gómez tomaron aquel mismo día el rumbo de Camagüey, donde se proponían encender la revolución. Por el camino tenían planeado reunirse con el general Masó y otros jefes.
A día siguiente, ocasionalmente, volvieron a reunirse el general Maceo, Martí y el Generalísimo, al tropezar en su marcha con el campamento de aquél. Allí se les hizo un recibimiento “indescriptible”, según contara en breve crónica un joven periodista insurrecto que allí estaba. Gómez y Martí pasaron revista a unos dos mil hombres, vitoreados por el propio general Maceo; luego aquellos hombres oyeron a Martí.
Martí y Gómez reanudaron su marcha hacia el oeste. Como Gómez y Martí llevaran una escolta pequeña, un ayudante se acercó a Maceo, y le dijo: -General ¿cómo es que el general Gómez va hasta Camagüey con tan poca fuerza? Maceo se volvió hacia el ingenuo interlocutor, y dando paso a una sonrisa en la que vagaba la expresión de una convicción íntima, exclamó con énfasis: -El general Gómez lleva consigo un gran ejército: su estrategia.
El 19 de mayo de 1895 amaneció Martí acampado en un lugar conocido por Las Bijas, cerca de la confluencia de los ríos Contramaestre y Cauto. Estaba con él desde la noche anterior el general Bartolomé Masó, quien había llegado allí con 300 jinetes. A media mañana, llegó también Máximo Gómez.
El general en jefe se había separado de Martí dejándolo en Las Bijas con una escolta reducida, pero de toda confianza, el día 17, con el propósito de marchar él a hostilizar un convoy español que según confidencia debía pasar no muy lejos de aquel lugar.
Al reunirse los tres jefes, las fuerzas fueron formadas y arengadas por ellos. Aquella tropa, compuesta principalmente por rudos campesinos, se mostraba enardecida por la presencia del general Gómez, cuyas hazañas de la Guerra Grande desde entonces corrían de boca en boca. Pero cuando habló Martí todos los presentes comprendieron por qué aquel hombre, nuevo para la mayoría de ellos, era mirado con tanto respeto por los generales.
Un deslumbramiento primero, una como embriaguez luego, recorrieron las filas. Un joven recluta -Manuel Piedra- ha comparado su estado de ánimo oyendo a Martí aquella mañana, a la de los judíos al escuchar a Moisés en el desierto. Análoga evocación había suscitado antes el verbo de Martí a un novel ayudante de Maceo -Mariano Corona-.
Poco rato después, “alrededor de las once de la mañana”, sonaron unos tiros y se dijo que una columna española se movía con rumbo al campamento cubano. A atajarla cabalgaron los jefes mambises, seguidos de la tropa. A poco de vadear el Contramaestre, en Dos Ríos, sobrevino el choque. Los españoles, hábilmente dirigidos, esperaron en formación escalonada la agresión de la caballería cubana en lugar ventajoso para la defensa y recibieron a los jinetes delanteros con descargas cerradas, obligándolos a retroceder.
Martí, quien desoyendo el consejo de Gómez había tomado parte en aquella galopada, no regresó de ella. En el ímpetu de la carga había avanzado hasta desembocar frente a la línea de tiradores enemigos y un balazo mortal lo había derribado del caballo. Su cadáver, prontamente identificado, fue recogido por los españoles; los que a marchas forzadas se alejaron del lugar del combate con aquel insigne trofeo.
El general Gómez, quien en seguida se dio cuenta de la superioridad numérica y táctica del enemigo, planeó emboscarse al paso de la columna española y rescatar el cadáver de Martí. Éste fue llevado al pueblo fuerte de Remanganaguas, donde se le dio sepultura. Después se le exhumó y embalsamó para llevarlo a Santiago de Cuba, donde tuvo lugar el sepelio definitivo.
Así ocurrió el primer gran desastre de la revolución. El segundo gran desastre fue cuando el general Antonio Maceo Grajales cayó en combate, el 7 de diciembre de 1896.
De Maceo dijo Martí que tenía tanta fuerza en su mente como en su brazo. En 1890, un joven señaló en presencia de Maceo que Cuba, por fatalidad geográfica, habría de ser algún día una estrella más en la constelación estadounidense; a lo que Maceo replicó: “Creo, joven, aunque me parece imposible, que ese sería el único caso en que tal vez estaría yo del lado de los españoles”.
José Martí representó lo más honesto y combativo en la lucha por la liberación nacional. Martí identifica la nación cubana, sus tradiciones democráticas, su cultura, lo mejor de su historia y de sus ideales republicanos -interrumpidos por su prematura muerte-, negados por el Tratado de París, la Enmienda Platt y el caudillismo corruptor de los presidentes de Cuba.
En la noche del 15 de febrero de 1898 estalló en la bahía de La Habana el crucero acorazado norteamericano Maine. Doscientos sesenta y seis marinos murieron durante la explosión.
Hacía tres semanas que el Maine estaba anclado en el puerto de La Habana. Había sido enviado como un aviso al gobierno español, so pretexto de desórdenes en la capital, donde los integristas, opuestos a la implantación de la autonomía y a toda clase de concesiones políticas, habían asaltado las redacciones de varios periódicos conciliadores y formado motines, prontamente reprimidos. En el fondo, la presencia del Maine acusaba propósitos no meramente policíacos: “Cuando una gran potencia envía un acorazado a una zona en disputa”, ha dicho un internacionalista, “en el lenguaje de la diplomacia eso significa que tiene la intención de participar en el arreglo de dicha disputa”.
La voladura del Maine causó un estallido de ira colectiva en Estados Unidos. La excitación popular fue en aumento cuando periódicos de gran circulación llegaron a afirmar que se estaba sobre la pista de individuos pagados por enemigos de Estados Unidos, que habían colocado una mina en la parte exterior del casco del Maine.
Una comisión investigadora nombrada por el gobierno español dictaminó que la catástrofe había sido causada por una explosión en el interior del buque. Otra, norteamericana, atribuyó el hecho a un agente exterior. Al dar cuenta al Congreso de este último informe, el presidente McKinley, el 11 de abril de 1898, pidió autorización para tomar las medidas que dieran por resultado “la completa terminación de las hostilidades entre el gobierno de España y el pueblo de Cuba”.
Al ambiguo mensaje del Presidente respondió el Congreso norteamericano con la Resolución Conjunta (Joint Resolution) de 19 de abril, en la cual se dio la autorización solicitada, incluyendo la de emplear todas las fuerzas de mar y tierra de la nación para conseguir la pacificación de Cuba y el establecimiento de un gobierno capaz y estable.
Yendo más lejos de lo solicitado por el presidente WilliamMcKinley, el Congreso de Estados Unidos comenzó la Resolución declarando que los libertadores cubanos habían ya conquistado su independencia y el derecho al reconocimiento de la misma. “Que la isla de Cuba es, y de derecho debe ser libre e independiente”, expresa enfáticamente el artículo primero de la ley, antes de ordenar que se pidiera o se obtuviera por las armas, que el gobierno de España abandonase a Cuba.
En el artículo 4 de la Resolución Conjunta firmado por el presidente McKinley, se aseguraba que Washington no albergaba intención alguna sobre la Isla, pero luego no dudaron en contradecirlo en los hechos. Derrotada España, no reconocieron la beligerancia de los independentistas cubanos, cuya ayuda había sido decisiva para la victoria, y los excluyeron de las negociaciones de paz en la capital francesa. El Tratado de París estipuló en su artículo 1 que Estados Unidos ocuparía a Cuba, en absoluta negación de la Resolución Conjunta.
Muy diferentes fueron los móviles del cambio de actitud norteamericana en la cuestión de Cuba y la determinación de hacer la guerra a España. El pueblo norteamericano pidió la guerra por admiración hacia los cubanos, y al ocurrir la voladura del Maine, por responder a lo que consideraba una agresión de España.
El gobierno estadounidense, en cambio, actuó con el calculado propósito de aprovechar la debilidad de los contendientes para dar al mundo una demostración de poderío, y para establecer en Cuba un gobierno estrechamente vinculado a Estados Unidos.
A decidir la entrada de Estados Unidos en la guerra contribuyó una corriente de opinión muy desarrollada en Estados Unidos en la época, que tendía a colocarlos entre las primeras potencias del mundo, costase lo que costase. Líder de esa corriente imperialista, que recibió el nombre de jingoísmo, era un joven político apasionado y ambicioso, Theodore Roosevelt, quien entró a formar parte del gobierno como subsecretario de Marina, al iniciarse el período del presidente McKinley, en 1897.
En sus discursos Roosevelt exaltaba el orgullo nacional y alentaba la preponderancia norteamericana. En privado manifestaba que si él pudiera, arrojaría de América “a todas las potencias europeas … Empezaría por España”. Con estas ideas, en la Subsecretaría de Marina se entregó diligentemente a robustecer el poderío naval norteamericano, poniendo barcos y tripulaciones en las mejores condiciones de entrar en combate.
Factor de considerable importancia en la formación del estado de opinión que condujo a la guerra al pueblo norteamericano fue también la propaganda de la prensa sensacionalista, en pleno desarrollo en Estados Unidos por esa época. Los grandes periódicos de Nueva York y otras ciudades mantuvieron diariamente informados a sus lectores del curso de la guerra de Cuba. Sus reporteros y dibujantes fueron enviados a la Isla en busca de noticias y apuntes. “Los periódicos ‘amarillos’ -como se apodó a los de este tipo- despertaban todos los días el terror y la lástima de sus lectores y aumentaron su tirada a costa de la carnicería” (Jenks).
Por su parte la Delegación de la República de Cuba en armas, con el concurso de numerosos escritores, oradores y periodistas emigrados -hombres de la talla intelectual de Enrique José Varona, Manuel Sanguily, Manuel de la Cruz, Gonzalo de Quesada, Eduardo Yero, Nicolás Heredia y otros-, llevó a cabo una labor constante de información y propaganda; al propio tiempo que solicitaba el reconocimiento del gobierno revolucionario por el de Estados Unidos y ofrecía ventajosamente bonos de la República a especuladores audaces, para interesarlos en el triunfo de la revolución independentista.
Después de la voladura del Maine, cuando era evidente que Estados Unidos marchaba a la guerra, el gobierno español tomó dos disposiciones encaminadas a conjurar la catástrofe que se avecinaba; fue la primera de ellas el cese de la Reconcentración anunciado por el general Blanco el 30 de marzo; y la segunda, una orden suspendiendo las hostilidades en Cuba “con objeto de preparar y facilitar la paz”. Esta última medida, adoptada cuando se teníala certidumbre de que el presidente McKinley había redactado su mensaje al Congreso pidiendo autorización para intervenir en Cuba, fue dictada con tal precipitación a fin de que fuera publicada el 10 de abril, que dejó a instrucciones posteriores el fijar la duración del armisticio.
Al conocer dicha medida, el Consejo de Gobierno y el general en jefe cubanos se apresuraron a rechazarla, anunciando que era tarde para llegar a un arreglo pacífico y que no aceptarían otra paz que la de la independencia absoluta.
La guerra se desarrolló en dos escenarios tan distantes uno de otro como las Filipinas y las Antillas, y tuvo cuatro meses de duración.
Iniciada la guerra, el Estado Mayor General de Estados Unidos decidió invadir a Cuba por la parte oriental, que era donde los españoles resultaban más débiles y los cubanos más fuertes.
Andrew Summers Rowan (1857-1943) -oficial de la Armada de Estados Unidos, a quien la prensa de su país ha glorificado como el héroe del ‘Mensaje a García’-, fue enviado a Cuba, por medio del Departamento de Expediciones cubano, a solicitar del general Calixto García (1836-98) la colaboración indispensable. Rowan fue convertido en mito por el periodista Elbert Hubbard, quien, apremiado por la entrega de la revista Philistine, recurrió a fabricar una leyenda digna de una novela de aventuras.
Dos oficiales cubanos marcharon a Washington con instrucciones del general Calixto García. Poco después partió de La Florida el ejército expedicionario norteamericano, dirigiéndose a Santiago de Cuba. En las cercanías de esta ciudad, el general Calixto García recibió antes del desembarco la visita de los jefes de mar y tierra de la expedición -almirante Sampson y general Shafter-. Allí se fijó el punto de arribo.
Al día siguiente, 400 soldados cubanos fueron transportados del Aserradero -al oeste de Santiago-, a Daiquirí -al este-, estableciendo la ‘cabeza de playa’ por donde desembarcaría el ejército norteamericano: 15 mil hombres.
Inmediatamente los mambises distrajeron la atención de los españoles, ocupando todos los desfiladeros por donde Santiago se comunica con el interior. “El mismo día del desembarco”, según un oficial de marina español -el capitán Concas-, que combatió allí, “quedó Santiago privado de todo el recurso que recibía de su zona de cultivo, recrudeciéndose el hambre; quedaron cortadas todas las comunicaciones; bosques, avenidas y alturas, todo cubierto por los cubanos…”
Una sola columna española de refuerzo entró en Santiago durante el sitio. Pero de ella dice el historiador de esta campaña, teniente Muller:
“Los insurrectos, haciendo como siempre, fuego a mansalva, consiguieron, aunque sin detenerla, retardar su marcha lo suficiente para que no llegara antes del día primero de julio”, o sea, el día en que se decidió la caída de Santiago, al ser tomados los fuertes de El Caney y San Juan.
En Holguín reunieron los españoles doce mil hombres para enviarlos a reforzar las defensas de Santiago y, al decir del general Miles, jefe del ejército de Estados Unidos, “fueron detenidos y forzados a retirarse por las fuerzas cubanas del general Feria”. Y según las palabras del mismo jefe norteamericano, “el general García envió dos mil hombres a las órdenes de Pérez contra los seis mil españoles de Guantánamo y lograron su objeto”: impedir que reforzaran a Santiago.
Pero no fue sólo en estas operaciones que colaboraron los cubanos con los norteamericanos; más de 200 bajas tuvimos entre muertos y heridos en El Caney y San Juan. Algo más de un millar los norteamericanos. Pero, en proporción al número de combatientes de unos y otros, las bajas cubanas resultaron mucho mayores que las de sus aliados, según el corresponsal de guerra Stephen Bonzal.
Aunque Estados Unidos la llama guerra hispano-norteamericana, para los cubanos es la intervención estadounidense en nuestra segunda guerra de independencia. Con el pretexto de que la guerra era para liberar a Cuba de España, Estados Unidos se apoderó de las colonias españolas de Guam y Filipinas en el Pacífico, y Puerto Rico y Cuba, en el Atlántico.
El 10 de diciembre de 1898 se firmó el Tratado de París, que puso término definitivo a la guerra y a la soberanía española en Cuba.
El primero de enero de 1899 fue señalado para el traspaso del gobierno del archipiélago cubano a Estados Unidos.
Terminada prácticamente la guerra al pedir los españoles la paz a los norteamericanos, el Consejo de Gobierno de Cuba creyó que se aproximaba el momento previsto en la constitución de La Yaya en que debía reunirse la Asamblea de Representantes del Ejército Libertador y extendió la convocatoria para la misma.
Esta Asamblea, que fue la última de su clase, es conocida como la Asamblea de Santa Cruz del Sur o Asamblea del Cerro, porque primero funcionó en la población camagüeyana citada y posteriormente en el barrio del Cerro de la capital. Ella desenvolvió sus labores desde octubre de 1898 a abril de 1899.
Frente al hecho de que España iba a entregar la administración de Cuba a Estados Unidos y de que el gobierno norteamericano había ignorado oficialmente durante la guerra la existencia del Consejo de Gobierno cubano, entendiéndose de manera informal con la representación del mismo en Estados Unidos y con jefes y oficiales del Ejército Libertador, la Asamblea de Santa Cruz del Sur prudentemente renunció a la misión que tenía señalada en la constitución de La Yaya de organizar la administración de Cuba al producirse la evacuación española, y limitó su actuación a planear el licenciamiento del Ejército Libertador, nombrar una comisión ante el gobierno norteamericano y colaborar con éste, mediante otra comisión, en la administración y el mantenimiento del orden en los lugares que ocupaba el ejército libertador.
Aunque excelentemente inspirada, la Asamblea fracasó en todo, menos en ayudar a mantener el orden en Cuba mientras se iba completando la ocupación por fuerzas norteamericanas. El gobierno de Estados Unidos, siguiendo la tradicional política de no reconocer la existencia de ningún gobierno cubano en Cuba, procuró y logró la disolución del ejército libertador por medio del general Máximo Gómez, a espaldas de la Asamblea; y no atendió oficialmente a la comisión de asambleístas que trató de establecer relaciones formales con el ejecutivo norteamericano. Esa comisión iba presidida por el mayor general Calixto García, héroe cuya cooperación había sido decisiva en las operaciones que determinaron la rendición española en Santiago de Cuba, el cual murió en Estados Unidos en diciembre de 1898, antes de terminal la difícil misión que le había sido confiada.
Arrebatándoles la victoria de las manos a los independentistas cubanos que prácticamente habían derrotado a los colonialistas españoles, las tropas estadounidenses ocuparon Cuba durante cuatro años.
La intervención de Estados Unidos supuestamente era para “defender la independencia” de Cuba, pero en la práctica fue para tratar al país como un protectorado bajo su firme control, nombrando directamente a los administradores e imponiendo la ignominiosa Enmienda Platt que en la misma Constitución aprobada por la Asamblea Constituyente, reservaba el derecho de Estados Unidos a intervenir militarmente en Cuba si consideraba que sus intereses pudiesen verse afectados.
El artículo 16 de la Resolución Conjunta anotaba que Washington “aconsejaría” al futuro gobierno cubano, pero en realidad impuso la Enmienda Platt de ocho capítulos, como apéndice a la Constitución de 1901 de Cuba.
Pese a una férrea oposición, la disyuntiva para los cubanos era aceptarla o quedar bajo la intervención estadounidense indefinidamente, por lo que tuvieron que aceptarla el 12 de junio de 1901.
Esa Enmienda era un giro de 180 grados respecto a la Resolución Conjunta porque dejaba sentado que Estados Unidos tendría derecho a intervenir en Cuba cuando lo considerase oportuno, según el artículo 3. En eso se parecen la Enmienda Platt y los Tratados Torrijos-Carter de 1977, que le permite a Estados Unidos intervenir en Panamá, si considera que la seguridad del Canal de Panamá está en peligro. Los Tratados firmados por el dictador Torrijos y el presidente Carter no tomaron en cuenta la decisión del pueblo panameño aprobada en el Congreso de la Soberanía de enero de 1964, que reunió a más de 180 organizaciones panameñas, yen el que no participó Torrijos ni oficial alguno de la Guardia Nacional. Todo lo contrario, persiguieron y encarcelaron a los que lucharon el 9 de enero de 1964.
Fue esa Enmienda Platt, en su artículo 7, la que dio paso -como estación carbonera- a la actual base naval de Guantánamo, supuestamente, “para defender a Cuba y a los propios Estados Unidos”.
Además, Estados Unidos pretendía establecer bases en Bahía Honda -en occidente-, Cienfuegos -en el centro- y Nipe -en oriente-, pero finalmente se quedaron con Guantánamo.
El artículo 1, firmado por el presidente Theodore Roosevelt, indicaba que el arrendamiento sería “por el tiempo que la necesitaren”, con el evidente propósito de paliar la irritación cubana por ese despojo.
Todo el proceso por el cual Estados Unidos retiene esa parte del territorio cubano es ilegal y nulo de origen, al partir de una imposición de la Enmienda Platt a los delegados de la Constituyente de 1901.
Esta ley del Congreso de Estados Unidos fue impuesta a la primera Constitución cubana bajo la amenaza de que de si no se aceptaba, Cuba permanecería ocupada militarmente. Al respecto, la Convención Internacional sobre Derecho de tratados, celebrada en 1969 en Viena, Austria, en el artículo 52 declara nulo todo tratado cuyo consentimiento se alcance con la amenaza o uso de la fuerza, como ocurrió en este caso.
Por otra parte, el arrendamiento de las tierras y aguas cubanas al gobierno de Estados Unidos para el establecimiento de la base naval en Guantánamo según el Tratado Permanente de 1903 y el de Relaciones de 1934, sustituto del primero, se realizó por el tiempo que necesitaren los norteamericanos. Al no fijarse fecha de devolución y quedar a perpetuidad si así lo deseaban los norteamericanos, se viola lo establecido legalmente para este tipo de convenio, pues resulta un absurdo jurídico que el propietario de algo no sea capaz de recuperar en un momento dado su propiedad.
La base naval de Guantánamo está ubicada cerca del extremo oriental de Cuba, en una posición estratégica en el Caribe. Es una bahía de aguas profundas, con 38,8 Km2 de agua, 49 Km2 de tierra firme y el resto de los 117,6 Km2 es terreno pantanoso.
Originalmente, el pago era de dos mil dólares anuales en oro, pero más tarde pasó a realizarse mediante un cheque anual por 4.085 dólares -o sea 35 dólares por Km2-, depositado en un banco en Suiza. Desde 1959 Cuba se ha negado a cobrar, porque el hacerlo sería reconocer la legalidad del enclave.
La base naval de Guantánamo es una espina que los cubanos tenemos clavada en el corazón, por lo que nadie bajo circunstancia alguna puede considerarla territorio neutral.
Una de las medidas más importantes del gobierno de ocupación - conocido como primera intervención militar de Estados Unidos en Cuba-, durante el mando del general Brooke fue la de realizar un censo general, ajustado a los métodos usuales en Estados Unidos.
El censo puso estadísticamente de manifiesto las pavorosas pérdidas que sufrieron la población y la riqueza de Cuba en el curso de los tres años de la última guerra de independencia; así como el atraso secular de la sanidad y la educación del pueblo, y la pobreza de los servicios públicos de comunicación, faros y puertos.
La población total de Cuba en 1899, de un millón quinientos setenta y dos mil habitantes, era inferior en unos sesenta mil individuos a la registrada en el censo de 1887, doce años atrás. Pero como la población había ido en aumento desde 1887 hasta 1895, cuando era calculada en un millón ochocientos mil habitantes, es evidente que la guerra, con todas sus derivaciones, había causado una pérdida aproximada de cuatrocientos mil cubanos.
Según el censo, “cerca de 100 000 niños representa aproximadamente el límite mínimo de la pérdida de niños en Cuba, tanto por la muerte como la prevención de nacimientos”, durante el período de guerra de 1895 a 1898. A los niños seguían en la disminución los varones adultos.
La merma de población había sido más pronunciada en las tres provincias occidentales, donde la guerra había sido más enconada y la reconcentración más efectiva.
La riqueza rural estaba arruinada en 1899: el ganado de todas clases existente -572 mil cabezas- era solamente el 15% del que había en 1894.
De los ingenios registrados en esta última fecha: 1.100 -incluyendo por igual centrales y trapiches- quedaban al efectuarse el censo de 1899 nada más que 207 en condiciones de moler. En consecuencia, mientras la última zafra anterior a la guerra había pasado de un millón de toneladas de azúcar, la primera de la posguerra no llegó a la tercera parte de aquélla.
Más notable aún había sido el descenso de la producción tabacalera, pues fue de medio millón de tercios en 1894 y no llegó a noventa mil en 1898; lo cual prueba que la devastación en la última guerra había sido particularmente terrible en las provincias occidentales, al revés que en la del 68.
En los tiempos de la dominación española, la enseñanza pública era uno de los ramos peor atendidos. En los últimos años de la colonia existían aproximadamente 500 escuelas, la mayoría privadas.
Durante la ocupación norteamericana se implementaron notables medidas y acciones relativas a la enseñanza. El teniente Alexis E. Frye y M. Hanna, como Superitendente General el primero y como Comisionado de Escuelas el segundo, por la parte norteamericana, y Enrique José Varona y otros ilustres ciudadanos, por la parte cubana, contribuyeron de manera relevante en la reorganización y desarrollo de la enseñanza primaria en el país.
Enrique José Varona (1849-1933) durante la ocupación norteamericana desempeñó el cargo de Secretario de Hacienda y posteriormente, el de Instrucción Pública y Bellas Artes, implantando la modernización de la enseñanza mediante el Plan Varona.
Considerado una de las voces eximias de la intelectualidad criolla del siglo XIX y las primeras décadas del XX, Enrique José Varona orientó a la juventud universitaria durante los años oscuros que desencadenó la intervención norteamericana en Cuba. Fue en ese contexto que dejó clara su posición contra la injerencia yanqui: “Cuba republicana es hermana de Cuba colonial”.
Martí expresó sobre Varona:
“(…) yo no veo en mi tierra, fuera de los afectos naturales de la familia, persona a quien debo querer yo más que usted, por la limpieza de su carácter y la hermosura de su talento”.
El 19 de mayo de 1902 se cumplieron siete años de la caída en combate de José Martí. Al día siguiente, nacería la República.
Visit www.cheapcubaholidays.org for a list of tour operators offering the cheapest deals on Cuba holidays.
Gabaritie pa ispansky animalanski
I always like to leave comments when I see a good looking website. Keep up the great work.